CONFERENCIA JOSE YUNIS Tefeja y Yussef Yiris

Tefeja y Yussef Yiris : Mis padres

Hace unos años conocí en una pizzería a un joven francés, hijo de inmigrantes. Hablaba con pasión de las nuevas tecnologías y su voz vibraba de emoción enseñando esos conocimientos tan novedosos, así que me le acerqué y le entregué una pequeña foto en blanco y negro, borrosa y arrugada por el tiempo, que he cargado durante toda la vida en la billetera.  Sólo muestra un pedregal duro y despojado con una única presencia viva, una higuera que crece hacia la derecha.  Y abierto de par en par sobre la higuera, un cielo que yo sé que es intensamente azul.

-¿Qué lugar es éste? le preguntó el francés al extraño que en ese momento era yo.

-Para mí es el centro del universo, le respondí, y al ver su cara de desconcierto le expliqué que se trataba de la única fotografía existente de la tierra que fue de Yiris Saad Yunis, el padre de mi padre, cerca al pueblo de Tanurín al-fawa, al lado de la aldea de Chatín, en el Líbano. Le conté que dos veces había intentado llegar hasta allá, pero que la guerra me había impedido pasar del Beirut oriental.

-Al día siguiente ocurrió un milagro. Mi amigo extraño me entregó la versión escaneada y ampliada de mi foto y yo empecé a registrar detalles que no hubiera podido ver en la original;  descubrí que la higuera no era la única planta que crecía allí, sino que en un claro entre las piedras alcanzaba a percibirse un mínimo huerto, igual al que, sin saberlo, yo cultivo desde hace años aquí, en la sabana de Bogotá.

Aunque nos separan cuarenta años de edad, nos unen dos lazos muy fuertes, de los cuales por ahora sólo mencionaré uno.  Resulta que él tiene padres franceses, yo tengo padres libaneses, y compartimos una nostalgia abrumadora de patria paterna.  El bled,  como lo llamaban los antiguos.  Por eso no me ha dicho nunca José sino Yussef, mi nombre en árabe.  Yo a él le digo Michel, porque ese es su nombre de pila.  Nos encanta buscar coincidencias entre las trayectorias de su familia y la mía, y lo sorprendente es que a veces las encontramos.  Por ejemplo, tanto su padre como el mío salieron hacia América por el puerto de Marsella, Francia, y entraron por primera vez a este país por Puerto Colombia, y seguramente almorzaron frente al muelle de maderas carcomidas por donde había entrado el mundo entero al país antes que se dragaran las Bocas de Ceniza.  Se sentaron bajo un cobertizo de paja, donde las grandes matronas negras servían pargos fritos con arroz de coco y tajadas de plátano verde y contemplaron el vasto horizonte del río grande de la Magdalena, a veinte leguas de su estuario.

El que llegó en 1927 a esta ciudad de mi alma, mi padre, era un viudo vuelto a casar, de treinta y un años de edad, hombretón fuerte y atractivo, de mostacho muy cuidado en sus puntas, mareado por la fuerte travesía que entonces se hacía por los mares del mundo y ya sin dinero al desembarcar, por haberlo perdido con un paisano en el juego de naipes que desde siempre lo atrajo. De ahí proceden su pánico ante el mar, que transmitió a toda su descendencia y su incurable vocación de perdedor en las trampas de los naipes, que se llevó con él.

Nadie puede imaginarse que fuera tan pobre si vivía donde vivía y como vivía, y la verdad es que una vida como aquella estaba por encima de sus recursos.

Como la mía.  Imaginaba a sus hijos dotados de las herramientas del conocimiento que les permitieran vivir sin las ansiedades de la falta de dinero que lo persiguieron año tras año mientras vivió y que lo siguieron en todos los oficios que ensayó. Gran almacén en Sincelejo y Magangue en mi niñez temprana, zapatería,  mercería, salón de billares, tienda de todo, tienda de muebles, aserrío y , finalmente, quién lo creyera!, salón de té, en Bogotá, que arrasó el nueve de abril de 1948.  Finalmente, ayudado por un libanés de Cartagena, después de una infaltable sesión de juego de póker, logró tener en alquiler un hotel en Sincelejo, que el trabajo y simpatía de su esposa salvó del naufragio.  Mi padre prosperó y se arruinó en toda una vida de sueños fantásticos.

Dije antes que desembarcó y no he explicado que dejó atrás a su joven esposa, Victoria o Tefeja, ella de dieciséis y ya embarazada de mi hermana Elida.  Mi madre era casi una niña cuando el viudo, mi padre, la pretendió : ella lo embolató con sus encantos, dejó derramar la tinaja que contenía agua de la fuente cercana, al volcarla rompió la vasija y el ardid sirvió para retener su atención, porque a partir de ese día el viudo y la joven de la jarra empezaron sus amores a espaldas y por fuera de la vigilancia de Marianne;  desde ese entonces mostraba mi madre su determinación de pasar por encima de cualquier circunstancia : era difícil enfrentar la oposición matrera de la madre de mi padre, Marianne  Habib el-Kesine y sin embargo mi madre, la niña Victoria triunfó:  sobre su rival poderosa por la fuerza de la sangre, venció la  determinación y el amor.  El episodio de sus amores contrariados se lo contó a Claudia, su nieta mayor, en Boston y estaba muy ufana de haber logrado que el joven viudo se ligara con ella, a pesar de que la señora Marianne deseaba para su hijo un matrimonio más conveniente.  Como era la usanza antes, Marianne intentó conseguirle al joven viudo una segunda novia por las ciudades del norte del Líbano de entonces, pero no logró lo que deseaba.

La primera novia y esposa de mi padre se llamó Marrun Yunis, de su propia familia                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   familia y el fruto de su matrimonio obligado fue mi hermana Waded.

 

¿Qué llevaría a esta misma Marianne a cruzar el océano y visitar la Argentina, como decían mis padres, a pesar de tener una vida con  mi abuelo, algo asombroso tratándose de una mujer casada, cristiana, desde un lugar tan remoto, el pequeño caserío de Chatin?  Al final de su vida, mi madre hablaba constantemente de Chatin y en alguna ocasión un miembro de su familia le dijo que existía una tienda con ese nombre en Barquisimeto, Venezuela.  La dueña de la tienda es la sobrina del famoso sheij Assad Canaan Torbay  y esa señora está relacionada con Tefeja porque es hija de un primo hermano de su padre.  Mi madre reaccionó con viveza a la noticia y contó que la hija de Yiris Kesine se llamaba Judith.  Mi hermano mayor y yo recordamos que esa Judith es la hermana del cura de Chatin, que yo conocí, el que se llama humorísticamente Joseph el Hadis.

- ¿Te acuerdas, -exclama, con una súbita animación- que a ti y a tu hermano les dio café y les contó la historia de la tierrita de la casa de tus abuelos?  Tus abuelos tenían recursos económicos, no de riquezas, pero como todos en el pueblo tenían cómo guardar productos agrícolas, uvas para hacer vino y algo que saltó en esa conversación, algo curioso, sorpresivo.  Dijo que hacían seda:  Tu abuela Marianne, durante la primera guerra mundial, hizo su primer viaje a la Argentina, como lo hicieron muchos de la región del Líbano.  Desde Argentina enviaba dinero para ayudar a tu abuelo y a tu padre.  Allá aprendió sobre la seda.

-  Seguramente, vendía por las calles, usando el chese , tú sabes, la troja.

- Querrás decir cesta, o canasta.

- La troja, tu papá también lo hizo en Sincelejo.

Como mi hermano mayor no entendía por qué hablaba tanto de Chatin, le explicó:

-                   Porque yo no quiero que me lleven cargada en un colchón, como lo hizo tu abuelo Yiris Saad con tu bisabuela.  El abuelo Yiris Saad cuidaba a su madre y cuando viajaban de un sitio a otro, la llevaban cargada entre muchos hombres en un colchón, porque la anciana no podía caminar.

-                   Todos deberíamos volver al sitio de nuestro origen, como tu abuela Marianne.

-                   Ella viajó varias veces a la Argentina, pero siempre volvía al hueco que era la casa de ellos, en Chatin.  Nunca comprendí por qué ella, que era una persona tan elegante y pretenciosa, volvía a vivir en esa casa, una choza, un hueco.  Es como el cuento que me dijiste ayer sobre las flores, en tu troja del balcón, al lado de tu cuarto.

-                   Cerca de la mesa con parasol está la baranda, con las plantas, llamadas en inglés morning glories.

Mi hermano recordó que le había explicado que esa planta era rara, porque después de tres días la flor se mete en su capullo, se vuelve rosada antes de encogerse y meterse y después se marchita.  Dijo ella:  esa flor y tu abuela se parecen.

Cada vez que interrogué a mi madre sobre este asunto antes de ser muy anciana, volvió a darme con la piedra en los dientes:  Muchacho, tú siempre metiéndote en lo que no debes!  Para después salir a contarlo . Ya-jara eddine.

Apenas puedo imaginar el peso de dolor que significó para esa joven madre, la niña Victoria, la Tefeja de la Montaña, la idea peregrina de mi padre al lanzarse a esta aventura.  En cambio, es fácil de entender que Tefeja y mi padre fueran una carga para mis abuelos paternos. De un lado y de otro había rabia, tristeza, frustración y no se puede decir que la llegada de la niña Elida, la primera hija de mis padres, una niña hija de otra niña, mi madre de entonces, los aliviaba;  al contrario, eran otras dos bocas para mantener y Marianne sabía lo que se proponía con su empeño de no continuar la racha de niñas en esa familia.  Ella sólo quería niños, porque entendía la dificultad para todos de engendrar hembras.  Al fin y al cabo, mujer y resabida.  El abuelo, en cambio, trataba de que amainara el temporal.  Cuenta mi madre que mi padre le anunciaba a su madre, desde Sincelejo, el nacimiento de sus hijos, cada dos años, y aquella siempre se burlaba de él y eludía la invitación a venir a conocernos.  El ya tenía tres niñas, mis hermanas mayores Waded, Elida –en mi caso personal, a surrogate mother- y Josefina.

-Tú no pareces varón, sólo engendras hembras, le respondía Marianne.

Después, mi padre engendró cinco machos en fila.

-¿Le parece suficiente?, parece que le decía mi padre, siempre adolorido.

Los varones son: Edmundo, Eduardo, Jorge, José y Emilio. Hay una última hermana, que no había mencionado, la colita, Leyla, o Layla, como quieran, según la grafía cristiana afrancesada o la original, musulmana.

El inmigrante que finalmente se ubicó en Sincelejo tiene para mí una fascinación especial, como me sucede con todos los inmigrantes.  Es muy bello pensar en la idea del ser humano extranjero, sin patria y sin Dios, aventurero sin lengua y sin dinero, que se abre paso cada día, sabiendo que no tiene asegurada en la noche el abrigo para su fatiga diaria. Sin la especial semilla de aventura en el alma, sin la sed de aventuras que Gibran denomina una profunda sed de vida es impensable que la humanidad se moviera hacia la colonización de nuevas tierras, de nuevos destinos.

En Sincelejo, mi padre cuidaba de su familia desde temprano;  apenas se levantaba, tomaba el desayuno, dos huevos fritos en mantequilla con pan recién horneado, siempre en casa.  Deseaba que sus hijos fueran profesionales y a esa meta destinaba toda su energía, empezando por el cuidado de la casa, la obediencia a las reglas -a sus reglas- y el estricto cumplimiento del deber.  No se ausentaba sino por breves ratos, que ocupaba en la charla con sus amigos:  ante ellos sí desplegaba el buen humor de que fuera capaz y ellos lo reconocían como un buen contertulio, amante de las bromas, buen conversador y hasta  intelectual y poeta,  porque sabía hacer uso de lo que leyera en los periódicos y era notable en el uso de la lengua árabe, que hablaba y escribía fluidamente, a veces con alturas rapsódicas que lo llevaban a un frenesí de arrobamiento entusiasta.

Reflexionaba con una rapidez y concentración  desprovista de todo sabor, no con la reflexión que nace de la inspiración del momento, sino con otra contumaz, antigua, que no lo abandonaba, si se encolerizaba;  por mala suerte para mi madre, si ella cometía una falta, volvía a considerarlo con calma y a solas consigo mismo, y se convencía de que si triunfaba el perdón y atendía a la llamada de piedad hacia la que se inclinaba su corazón, perdería todo su prestigio, su honor, su historia y su tradición, las riendas se le irían de las manos y se disgregaría la cohesión familiar, que él deseaba gobernar con firmeza y rigidez.

Al oirlo, una vez que lo sorprendí en la plaza de Sincelejo, en la esquina del camellón, al pie de la iglesia, quedé atónito.  No era posible conciliar las dos imágenes:  la de aquél hombre simpático y cordial en la calle, con sus amigos y la del hombre severo, tiránico y distante dentro de la casa, en familia.

Mi madre procedía de una raza longeva, conocida por su sólida resistencia.  Hasta hace poco, sus noventa años cumplidos no le impedían levantarse por la mañana como acostumbraba desde hacía medio siglo, buscar a tientas, sin ayuda de ninguna criada, el camino hacia el baño para hacer sus abluciones, y volver luego a su habitación para esperar a su hijo mayor y charlar con él.  En una ocasión me dijo con un ingenuo convencimiento:

   Si me enseñas esas cosas, como me enseñas las de la religión, sabría tanto como tú, sabihondo ajmar (burro),  porque a pesar de su sumisión y su mansedumbre, estaba muy orgullosa de su propia cultura popular, transmitida desde antiguo por las sucesivas generaciones.  No creía que necesitara saber más o que hubiera algo nuevo en la ciencia digno de ser añadido a los conocimientos religiosos, históricos o médicos que poseía. Había reforzado su fe en ellos el hecho de haberlos recibido de su padre o de la casa en que había crecido.  Huérfana temprana, por las crueldades de la primera gran guerra, su padre adoptivo era un  sheij  entre los cristianos maronitas, a los que Dios daba preferencia sobre los demás sabios por su memorización de la Biblia, y no era razonable que ella opusiera la ciencia de aquél a ninguna otra, por ejemplo, la ciencia actual, incluso cuando no estaba de acuerdo, por su inclinación a mantener la paz.

A mi madre no había que enseñarle nada.  Cuando tenía más de ochenta años hubo necesidad de conseguir la green card de los gringos y mi hermano mayor le explicó que era necesario aprender inglés y contestar preguntas elementales sobre Norteamérica.  Recuerdo lo divertida que era al contarme que mis explicaciones sobre los primeros presidentes de Estados Unidos de América no servían de nada, que yo no sabía nada:  se nos enredaban siempre y había que repasar de nuevo casi todos los días.  Ella asistió a las clases en una escuela de Boston, con un profesor amable que enseñaba a muchos jóvenes las mismas nociones. En una ocasión, ella alzó los brazos indicando que conocía la respuesta, esperaron, ella acertó y me dijo alegremente que todos los alumnos, sus jóvenes condiscípulos, la aplaudieron.  Estaba

orgullosa de eso.  Y no era para menos.

Había refriegas constantes entre los dos esposos: si la sheija era mejor que el viudo pobretón;  si la familia de ella era tan buena, ¿por qué no la atendieron?.  En fin, mi padre, derrotado por ella, tuvo que inventarse un título, bey, y la verdad, los hijos nunca supimos por qué discutían, ni qué significaban esas extrañas denominaciones. Pero largo tiempo después me enteré personalmente de las genealogías. Es lo cierto que de las dos familias, la dominante en el lugar es la de mi madre, descendiente de Yiris Yusef Jetar Abi Turbay, quien contrajo nupcias con Tamem Habib Barbar Uter Morad.  Tiene ramificaciones hacia atrás, en el tronco familiar, hasta la tribu Korkor. La progenie de mi padre es breve, aún no investigada.

Otra fuente de enojo, y como siempre que se enojaban hablaban en árabe, consistía en la lucha entre mi padre y mi hermana mayor, el fruto de su primer matrimonio, quien llegó a Colombia, ya hecha una señorita,  para quedarse en casa.  Mi padre y ella se encerraban en las habitaciones, a gritos peleaban todas las mañanas y mi madre trataba de mediar entre ellos dos, siempre con su espíritu de pacificación, que no alcanzaba a conciliar a los dos combatientes.  El abuelo también llegó del Líbano a Sincelejo y por breve tiempo, sí, Yiris Saad, casi de noventa años de edad y era otra fuente de mortificación para mi padre:  aparentemente discutían sobre lo que había quedado atrás, probablemente sobre el pedregal que describí al comienzo, quizás el abuelo era el responsable de la pérdida de los bienes de la familia de mi hermana Waded y entre esos dos, mi abuelo y mi hermana mayor, se aliaban para llenar de culpas a mi padre; pero sobre todo, porque mi padre era pobre en Sincelejo y el giddo no podía entender por qué sus nietos eran hakim, médicos y pobres:  quería que sus nietos, nosotros, los hakim de la familia, fuéramos ricos y se empeñaba en lograrlo; era inaceptable que no fuéramos ricos como algunos de los descendientes de otros árabes que él, el viejo, admiraba y envidiaba.  Se empeñaba en visitar a una anciana de las familias ricas de Sincelejo y quería pedirla en matrimonio y eso a mi padre le producía dolor y vergüenza.

Salía de casa a escondidas, con vestido de paño negro y chaleco del mismo color, sombrero de coco y corbata negra sobre la camisa blanca, a pesar del tórrido clima sincelejano . Regresaba tarde en la noche y mi padre estaba desazonado.  Pero al viejito le importaba un carajo.  Yo pienso que era un supremo acto de amor del anciano por nosotros.

Un día le ayudé a quitarse la franela blanca de mangas largas y cuello redondo, antes de cubrirse con su infaltable camisa blanca de cuello duro para salir de corbata negra al pueblo y se puso a cantar en voz baja primero y luego ascendía y vibraba con tonos impensables a su edad, murmurando después como para sus adentros y siempre nostálgico de su bled, como le llamaba cuando discutían con mi padre.

De esta ciudad, Barranquilla, partió de regreso al Líbano, finalmente después del fracaso de los ruegos de mi padre para que permaneciera con nosotros y lo recuerdo en la foto que yo tomé.  Fue el único día de dicha para él, con el tiquete aéreo de la KLM, bien dispuesto, con buen ánimo, cero peleas con su hijo y felíz por haber triunfado en su lucha con mi padre, de regreso a Chatín-Tanurin, donde murió.

Mi madre me encubría, como a todos mis hermanos y hermanas, salvo en los juegos peligrosos, y me dejaba hacer cuanto quisiera si el juego era inofensivo.  ¡Qué extraño me resultaba oir decir lo simpático y encantador que había sido conmigo este mismo padre durante mi niñez temprana. Traía toda clase de golosinas desde el exterior, barriles llenos de aceitunas y manzanas y uvas de California en cajas de olorosa madera de pino debidamente zunchadas y ahí, en el fondo, dulces árabes y todo ello envuelto en papeles de seda morado.  ¡Qué paciencia tuvo con todos durante la enfermedad de su hijo y cómo lo rodeó de afecto y cuidado durante la época de la obstrucción intestinal, y cómo todo eso cambió.  Luego, era el temor.

No era solamente temor lo que yo sentía hacia mi padre, ya que mi admiración por él no era menor que mi miedo.  Me admiraba su aspecto imponente y fuerte, su dignidad que dejaba chica a la gente importante, la elegancia de su ropa de lino blanco y el poder que le atribuía sobre todas las cosas.  Posiblemente el modo de hablar de mi madre acerca de su señor era lo que me inspiraba temor, pues no imaginaba encontrar en el mundo un hombre que se le equiparase en fuerza, prestancia o riqueza.  Como todos los niños con sus padres.  En cuanto al cariño, todos en la casa lo querían hasta la adoración.  Mi amor por él se introducía en mi corazoncito, pero había permanecido como una perla escondida en un cofre, cerrado por el miedo y el terror.

Mi padre era muy celoso. Como ya expliqué, tenía una gran fortaleza física.  Eso hizo que sobreviviera a las inclemencias de este trópico violento y en su primer año de vida en Sincelejo, adquirió una enfermedad que algunos llamaron tifo, tifoidea o paludismo, o todo junto.  El hombre fuerte salió menguado y de su apostura y buen semblante que trajo del Líbano, apareció un hombre con tez amarillenta, menguado y tan maltrecho que, al recibir a su joven esposa y madre de mi hermana Elida, la joven esposa no pudo evitar un gesto de extrañeza.

El atinó a decirle:  ¿no me reconoce, ya Tefeja?

A mi madre siempre le dijimos así, en castellano manzana, por el tinte rosado que agregaba a la blancura de su piel una sensación de suavidad y de frescura, como las manzanas.

La recuerdo de la niñez, trajeada con vestidos sencillos y blusas de etamina, con algún sencillo bordado y sandalias de medio tacón, contenta, estrenando esos trajes hechos por las amorosas manos de las señoritas Romero.  Mi padre, en esas ocasiones, la festejaba.  No los ví besándose, ni los observé nunca tomándose de la mano.  Era un hombre fuerte y celoso.

Pero esa misma fortaleza de mi padre y sus indomables celos, fueron la fuente de innumerables infortunios y situaciones ruinosas, como sucedió en Magangué, cuando el pueblo sublevado y enfurecido por la golpiza que mi padre le propinó a un atrevido galán criollo, bloqueó el negocio de mis padres en el puerto, obligándonos a todos los de la familia a volver sigilosamente a Sincelejo, con la consabida ruina.  Ese episodio está grabado en la familia;  se dice que salí en defensa de mi padre amenazado y acompañé a mi madre armado de una rula:  ella, con un gran machete, impidió a la turba ingresar a saquear el negocio.  Lo vendieron mal, como siempre.

Con las manzanas, como con los mamoncillos, tengo una relación de intimidad grande.  La de las manzanas, ya conocen por qué.  Los mamoncillos tienen una carne dulce y suave que excita mi sensualidad.  También me horrorizan.  Al año y medio de edad, en el patio debajo de un árbol de almendros amargos, casa alquilada a uno de los innumerables miembros de la familia Chadid en Sincelejo, familia ya asentada en el lugar antes de la llegada de mi padre y en cuyo hogar patricio, la casa de Fortunato Chadid, mi padre fue atendido en su enfermedad de recién llegado, me atraqué con ese manjar y el resultado fue una obstrucción intestinal.

El cuento de los mamoncillos, dice mi hermano Eduardo, que yo recuerde, fue con Tuñón y no con Carron.  Parece que éste era mejor médico y si hubiese estado allí de pronto hubiera hecho el diagnóstico y mamá me decía que fue ella quien te curó, dándote un purgante o un enema, después que te hubieran desahuciado y el cura te había dado la bendición final, pero si esto no te cuaja, está bien como está.  Déjalo ahí.

Más vale ignorante vivo que sabio muerto, decía el doctor de familia.

Lo que queda claro es que salvaron al niño, que no se sabe si fue el acto científico o la creencia insoslayable de mi madre en la religión, o ambos;  la verdad es que por primera y única vez mi padre se hincó de rodillas ante otra persona, el médico, por la salvación de ese, su primer ser querido en riesgo de morir.

Mi padre era un campesino de las montañas del Líbano, pero claro, es diferente ser de allá, de la montaña, del Libnan, a la imagen que tenemos de acá, de los pobres de aquí, los que ahora sufren, como siempre, inundaciones inclementes.

-                    No lo vayas a decir, m´hijo, estas pobres gentes, ya jaram, eran tan buenas, venían a saludarme siempre, pero estaban descalzos.

-                    Nunca se repuso de ese impacto.  Había conocido la miseria de allá, para ella no era novedad, viniendo de una tierra en la que había tanta pobreza, después de la primera gran guerra; pero no sabía que fuera mayor la que encontraría acá, y además, seres descalzos.

Ustedes ya pueden pensar en la pareja de inmigrantes, y en su aspiración de que sus hijos serían hakim, médicos,  aspiración comprensible también en cualquier inmigrante o desplazado de nuestros días.  Une las dos imágenes de mi temprana infancia:  el corazón de Jesús de la estampa de la firme convicción religiosa de mi madre, que recibió en la aldea maronita cuando quedó huérfana y asistida por sus familiares del lado religioso, y así se entiende la rogativa de mi madre;  y, por otro lado, la imagen del atildado doctor Carron, representante de la ciencia médica del Caribe.

Para mi fortuna, desde niño he tenido esos dos amores, que se turnan en admirable contraste:  los lunes, miércoles y viernes, siento y creo en los misterios del más allá y los martes, jueves y sábados, me complazco en las certezas del lado racional.  Soy así.  Como todos.

Carron sí aliviaba las escasas querellas de celos entre los cónyuges y de manera fina reconvenía a mi madre con un argumento invencible:

- Con una mujer como usted, la más bella de todas, ¿cree que su marido puede ir tras de otras?

Olvidaba contar que mi padre salió de su recuperación de las enfermedades que lo diezmaron durante el primer año en Sincelejo, con una pierna más larga que la otra, como mi abuela, la Marianne del Líbano y nunca supe en mi niñez a qué se debía la burla de mi madre hacia mi padre. Ella sabía que, de los dos, el que estaba bien casado era él, y creo que se burlaba de mi padre y de su suegra. Antes de morir, ella me confió el secreto .  Me dijo que no le gustaba contarme historias del viejo, que no se fiaba de mí, me alertó que no debía decirlo y sin embargo, aquí estoy contando lo que no debiera contar.  O sí?

Mi padre escondió su incurable nostalgia todos los días de su vida, ante propios y extraños;  a veces, yo lo sorprendía en las noches murmurando alguna balada árabe, probablemente cantos de Fairuz, con seguridad algunos de atrás, de Abdelhawad o los de la egipcia Kaljoum . Eduardo dice:  Abdelwajad y Kalthoum , sería como yo los escribiría. Los otros que oíamos en la victrola RCA Victor que teníamos que darle cuerda a mano y tenía la bocina con el perro y las agujas de plomo que no duraban mucho, eran Farid ElAtrash, Asmajan, Sabagh y naturalmente Wadi el Safi y, como siempre,

-también ahora las hay entre los hermanos, a veces más amargas-, después de largas disputas que ofendían a mi padre por su sensibilidad exacerbada, llegaba mi madre a decirle:  ya basta, olvida eso, estamos aquí, deja de pensar en lo que dejaste atrás, nuestros hijos están sanos y te quieren, no sigas pensando así.

Al final de la vida, como mi madre oía constantemente el dicho de que mi padre era el responsable del triunfo intelectual de sus hijos.  Dijo:

- Tu papá siempre quería volver a su tierra, por eso nunca se hizo ciudadano colombiano.  No sé quién le dijo que él tenía enterrado en Colombia el perro de barro y al indagarle sobre el significado del perro de barro, explicó que el significado no existe y no aclaró que probablemente era una expresión inventada por ella.

- ¿Qué quieres decir con la expresión del perro?

-                    Tu padre murió sin riqueza y en su caso el perro es imaginario, porque no volvió ni a Chatin, ni a Sincelejo y mucho menos a cultivar un jardín, como algunos de sus hijos.  Todos deseamos volver a nuestro origen.  Nosotros venimos de gente antigua y sabia.  Desde niña supe que enterraban tinajas con joyas o utensilios en las montañas o cuevas, cerca de Chatin.

Se rió, hizo otra de sus burlas y, con énfasis, habló nuevamente:

-                    No debes preguntarme esto, porque tú debes saber que los faraones del Massar (Egipto) hacían entierros con muchas más cosas que los perros de barro.  El perro de tu papá es imaginario, porque él no tenía riquezas para enterrar.  Ustedes, sus hijos, son su perro de barro.

Tú también, madre, estás muerta.  Te enterramos en Boston, Massachussets y el entierro fue con misa cantada por un obispo maronita.

Mi padre fue enterrado en Bogotá, con misa cantada por varios sacerdotes católicos, en la iglesia Santo Domingo Savio.

Mi  padre y mi hermana Josefina murieron en Bogotá, mi madre en Boston, mi hermana Waded en Caracas, mi bienamada hermana Elida

-le digo así porque era conmigo una madre sustituta-, en Filadelfia, Pennsylvania y luego fue transportado su féretro a Barranquilla, reposa cerca de aquí y ahora vuelvo, una vez más, con el insoslayable deseo de impedir que se vayan, una vez más.  Están dentro de mí, con su luz inextinguible.

Leave a reply

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>